El miedo nos aísla de las grandes hazañas, nos cubre de desconfianza y nos prepara para un posible error.Cuando uno fracasa se rinde y deja que los buenos momentos se conviertan en pequeños simulacros de felicidad.
"Escritor es quien inventa personajes que nadie cree y, sin embargo, nadie olvida". Elías Canetti, Premio Nobel de Literatura
El miedo nos aísla de las grandes hazañas, nos cubre de desconfianza y nos prepara para un posible error.
Desdramaticemos un poco todo esto.
¿Notaron que escribo del desamor, de la soledad, del abandono, de la melancolía, de los recuerdos, del olvido? Yo lo noté y no estoy muy orgullosa de publicar notas en las que todo sale mal. Uno a veces, o casi siempre, escribe según su estado de ánimo. Por lo visto, el mío no es nada positivo. ¡Patético!
¿Notaron que en septiembre no publiqué nada? Yo sí, pero recién ahora. Justo el mes que más quiero, el que no sé si me dio más o menos alegrías, pero lo adoro y lo anhelo porque es simplemente precioso. Me gusta salir a la calle en septiembre. Agarrar la bicicleta y que dejar que el viento me pegue en la cara. Me libera.
Será la primavera o tal vez el simple hecho de que el sol y las estrellas brillan con más fuerza. Será que los tiempos cambian y te renuevan cuando vuelve la primavera. ¿Qué será?
Si para saltar hay que soltar todo lo que nos hace mal, yo voy a empezar a dejar de escribir estas notas depresivas, suicidas, melancólicas. Porque creo que la salvación está en que cada uno se cree un mundo mejor, sueños con más ilusiones y proyecte siempre algo mejor.
Contar parte de mi vida no me sale bien, por eso invento personajes que fracasan, que no la pasan bien, que viven esperando a que esa persona regrese, y viven de los recuerdos. Podrán ser mi reflejo, podrán ser parte de mi imaginación, podrán ser algo que no fueron nunca porque antes se perdieron y quedaron en el camino.
Hoy quiero desdramatizar.
Esto de escribir en primera persona me incomoda bastante. De tanto que me repitieron que en Periodismo se escribe en tercera persona, cada vez que cambio siento que estoy haciendo algo malo. Así que voy a cortar acá.
Seguiré inventando historias o simplemente contando situaciones que me pasan, que le pasan a ella, a él, a vos, a mí, a todos. Seguiré porque no me detengo, ni lo pienso hacer.
Seguiré buscándome, tratando de no volver atrás, inventando momentos memorables, sonriendo aunque nada cambie.
Seguiré.
¡Seguime!
“A veces escribir una sola línea basta para salvar el corazón”
Clarice Lispector- Poeta
Después de seis meses y siete días de disciplina y encierro, los médicos lo autorizaron a hacer un viaje. El mes de enero y el buen tiempo indicaban que la costa lo recibiría con una excelente temporada. Sabía que a la vuelta lo esperaba la operación con más desafíos.
No lo dudo, agarró su Citroën y se fue una semana a Mar del Plata. Puso en marcha una serie de cambios. Quería modificar todo lo que no le hacía bien y le generaba inseguridad.
Uno de los cambios, el más molesto, era sentirse solo. Creía que viajando, conociendo personas, dejando atrás el sabor de la gran cuidad y los problemas, podía conocer a alguien o al menos, apaciguar tanta soledad.
Se levantaba muy temprano, desayunaba y salía a recorrer las calles, no se quería perder un minuto del día. Saludaba a las personas como si las conociera. Almorzaba en un barcito llamado El Descanso. Se había hecho habitué del lugar y al tercer día, los meseros sabían lo que iba a ordenar. Estaba claro que no quería sentirse solo y buscaba compañía.
Otro cambio, quizás el más sentimental de todos, era tener amores no correspondidos. Pasó gran parte de sus vacaciones pensando y meditando en sus amores, en las mujeres que quiso, en las que amó, en las que sólo quisieron su pasión y en las que dejaron una huella en su corazón. Todas llegaron en algún momento de su vida y se fueron sin avisar.
Recuerda que cuando era joven disfrutaba de lo efímero, le encantaba sentirse libre y sólo quería vivir momentos de felicidad. Pero los años pasaron, el cáncer se apoderó de su cuerpo y ya no quería más lo fugaz. Soñaba y luchaba por conseguir lo constante.
Fue un sobreviviente que no tuvo más remedio que conformarse con lo poco que le podían dar. Sentía que la vida pasó y no la vivió. Muchas veces, cuando llegaban esos momentos constantes, se asustaba porque se sentía presionado y se alejaba para no tener problemas.
Cuenta la fábula que algunos hombres sabios se reunieron con el propósito de crear a la mujer ideal. Se sentaron en una mesa larga y rectangular. Votaron y después de unas cuantas horas decidieron que ese prototipo tendría el pelo de Penélope Cruz, los ojos de Megan Fox, la nariz de Michelle Pfieffer, los labios de Angelina Jolie, los pechos de Scarlett Johansson, la cola de Jessica Alba y las piernas de Demi Moore.
Una vez terminado el apunte, lo pasaron en limpio y se lo dieron a un cirujano para que cree a la mujer ideal. Cuando los sabios encontraron la obra terminada descubrieron que no habían creado a la mujer idea, sino a la novia de Frankenstein.
Algunas mujeres se toman al pie de la letra esta fábula. "Modelo en mano, no vacilan en aumentar sus pechos y sus labios, en modificar las formas de sus colas y el color de sus ojos. Se construyen y reconstruyen las veces que sea necesario", comenta el escritor Vicente Battista.
"Poco importa su edad, pueden ser jovencitas de no más de veinte años o establecidas señoras que han superado los cincuenta", agrega.
Tendríamos, las mujeres, que compartir gran parte de la responsabilidad con los hombres. Son ellos los que buscan curvas. Su ideal de mujer tiene entre 18 y 30 años, pelo largo y formas marcadas.
"Lo que está claro es que a todas las mujeres las motiva la misma y apasionante empresa: ser la mujer ideal", finaliza Battista.
"Veteranos del pánico, optimistas con reparos, fanfarrones familieros, amantes de la televisión aunque fieles a la radio". Una encuesta realizada por el Centro de Estudios de Opinión Pública (CEOP), allá por los 90, tenía como fin hacer un perfil de cómo es y cómo se ve el argentino promedio. Participaron más de mil personas: hombres y mujeres de entre 15 y 69 años, de todos los niveles socioeconómicos, de
Los resultados dejaron en claro que el argentino se preocupa por la corrupción, la desocupación, la inseguridad y se define como familiero y amistoso. Pero los que vienen de afuera nos definen como chantas, soberbios, engreídos, improvisados y tacaños.
"Así somos los argentinos. Iguales al resto de los mortales. Lo que quizás nos diferencia de otros pueblos es la necesidad obsesiva que tenemos de explicarnos cómo somos", define el dramaturgo Roberto Cossa.
Otro aspecto que destacaba la encuesta es que los argentinos son bastantes tradicionales a la hora de pensar en el hombre y la mujer ideal. Ellos las prefieren jóvenes y con curvas. Ellas los quieren maduros y con buena situación.
"Democráticamente inmaduros, crecientemente apolíticos, sexualmente correctos... ARGENTINOS".
Es que la radiografía muestra que el argentino promedio es muy casero, prefiere la compañía de la radio, no perdonaría la infidelidad aunque opina que el adulterio aumentó en la última mitad de siglo. Descree absolutamente de los políticos y se siente huérfano frente a un Estado cada vez más ausente. Repudia la violencia, se considera mucho más apolítico que sus padres y abuelos, agradece al periodismo su papel de denuncia contra la corrupción, pero critica a los medios de comunicación por su creciente sensacionalismo. No están contentos con el mundo que les toca vivir pero, de volver a nacer, elegirían ser argentinos.
"La vida no se mide por el número de veces que respiramos, sino por los momentos que nos dejan sin respiración", visto en el parque Stanley, en Vancouver, Columbia Británica.